lunes, 22 de mayo de 2017

V domingo de Pascua


V DOMINGO DE PASCUA
II clase
Gloria, Credo, Prefacio Pascual

En este último domingo después de Pascua, los cánticos de la misa continúan siendo como todo el Tiempo Pascua, cánticos de triunfo y de alegría. La Iglesia no se cansa de celebrar la resurrección de Cristo y las gracias redentoras que han transformado nuestra vida. Pero el hombre se olvida de lo mejor que hay en sí mismo con una facilidad desconcertante. Por eso nos exhorta la epístola a practicar con seriedad nuestros deberes de cristianos y pide la colecta, con la gracia de pensar rectamente, la de conformar nuestra conducta al ideal que se  nos ha enseñado. Esta doble invitación a un constante esfuerzo personal, al mismo tiempo que a la oración, llevan a un justo equilibrio de la ascesis cristiana. Por su parte, también loa evangelios nos inculcan durante este tiempo de oración frecuente, a la que ponen en  relación con el envío del Espíritu Santa y la plegaria del mismo Cristo por los suyos. Los tres días de rogativas de esta semana insisten todavía mas.
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Las palabras de Isaías que leemos en el Introito, contienen una agradable invitación dirigida a todos los pueblos para que celebren la victoria de Jesucristo y nuestro rescate y verdadera libertad, mediante la gracia que nos mereció. En la Colecta confesamos la necesidad de la gracia sobrenatural para que nuestras obras sean meritorias delante de Dios. Por eso rogamos al Señor que nos inspire santos pensamientos, y auxilie nuestras debilidades con su gracia para ponerlas por obra. El Apóstol Santiago nos recuerda en la Epístola una de las más importantes verdades del Cristianismo, a saber: que la fe, sin las buenas obras, no basta para conseguir nuestra salvación. Si nos contentásemos con oír solamente la palabra de Dios, sin ponerla en práctica, ciertamente no podríamos esperar  la eterna recompensa. El medio más poderoso y eficaz para obtenerla nos lo indica Jesucristo en el Evangelio. No es otro que la oración. Debemos orar, ya que a ello nos obligan nuestras propias necesidades, el precepto de Cristo y sus promesas. Pero, para poder orar debidamente, hemos de hacerlo en nombre de Cristo, es decir, con recta intención, pidiendo la salud de nuestra alma, y cuánto necesitamos para conseguir la eterna felicidad. Si en nuestras oraciones nos unimos con Cristo por la fe, la esperanza, la confianza y la perseverancia podemos estar seguros de que siempre serán oídas. El mismo Cristo es quien nos ha dicho: Pedid y recibiréis.

TEXTOS DE LA SANTA MISA

Introito. Is.48,20.- Con voz de júbilo anunciadlo, y que se oiga, aleluya, que lle­gue hasta el fin de la tierra: el Señor ha re­dimido a su pueblo, aleluya, aleluya. Sal. 65, 1-2. - Aclama al Señor, tierra entera, tocad en honor de su nombre, cantad himnos a su gloria. V/.Gloria al Padre.

Oración. - Oh Dios, fuente de todo bien, escucha sin cesar nuestras súplicas: concédenos, inspirados por Ti, pensar lo que es recto y cumplirlo con tu ayuda. Por nuestro Señor Jesucristo.

Epístola. Sant.1, 22-27. - Queridos hermanos: Llevad a la práctica la Palabra. Y no os limitéis a escucharla. Engañándoos a vosotros mismos. Pues el que escucha la Palabra y no la pone en práctica, se parece a aquel que se miraba la cara en el espejo; y apenas se miraba, daba media vuelta, y se olvidaba de cómo era. Pero el que se concentra en el estudio de la Ley perfecta (la ­que hace libres) y es constante, no como oyente olvidadizo: sino para ponerla por obra, éste encontrará la felicidad en practicarla. Hay quien se cree hombre religioso y no frena su lengua: pero se engaña a sí mismo; su religión no es auténtica. La religión pura e intachable a los ojos de Dios Padre es ésta: visitar huérfanos y viudas en sus tribulaciones y no mancharse las manos con este mundo.

Aleluya, aleluya. Jn. 16, 28. Cristo ha resucitado, Él nos ilumina, a nosotros, los redimidos con su sangre. Aleluya. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Aleluya.

Evangelio. Juan, 16, 23-30. - En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: Yo os aseguro: Si pedís algo al Padre, en mi nombre os lo dará. Hasta ahora no habéis pedido nada en mi nombre: Pedid y recibiréis, para que vuestra alegría sea completa. Os he hablado de esto en comparaciones: viene la hora en que ya no hablaré en comparaciones, sino que os hablaré del Padre clara­mente. Aquel día pediréis en mi nombre y no os digo que yo rogaré al Padre por voso­tros, pues el Padre mismo os quiere, porque vosotros me queréis y creéis que yo salí de Dios. Salí del Padre y he venido al mundo, otra vez dejo el mundo y me voy al Padre. Dicen sus discípulos: Ahora sí que hablas claro y no usas comparaciones. Ahora vemos que lo sabes todo y no necesitas que te pregunten; por ello creemos que saliste de Dios.

Ofertorio. Sal. 65, 8-9 y 20. - Bendecid, pueblos, a nuestro Dios, haced resonar sus alabanzas: porque Él nos ha devuelto la vida, y no dejó que tropezaran nuestros pies. Bendito sea Dios, que no rechazó mi súplica, ni me retiró su favor, aleluya.

Secreta. - Con estas ofrendas, Señor, re­cibe las súplicas de tus hijos: para que esta liturgia, celebrada con amor, nos lleve a la gloria del cielo. Por nuestro Señor Jesucristo.

Prefacio de Pascua.- En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, que en todo tiempo, Señor, te alabemos; pero con más gloria que nunca en este día (en este tiempo), en que se ha inmolado Cristo, nuestra Pascual. El cual es el verdadero Cordero que quitó los pecados del mundo y que, muriendo, destruyó nuestra muerte, y, resucitando, reparó nuestra vida. Por eso, con los Ángeles y los Arcángeles, con los Tronos y las Dominaciones, y con toda la milicia del ejército celestial, cantamos un himno a tu gloria, diciendo sin cesar: Santo.

Comunión. Sal. 95, 2.- Cantad al Señor, ­aleluya; cantadle, bendecid su nombre; proclamad día tras día su victoria,  aleluya, aleluya. 

Comunión. - A quienes has saciado en tu mesa santa, concédenos, Señor, desear lo que es recto y conseguir lo que así hemos deseado. Por Nuestro Señor Jesucristo.