sábado, 4 de marzo de 2017

I Domingo de Cuaresma

 Primer Domingo de Cuaresma
I clase, morado
No se dice Gloria. Tracto, Credo y prefacio de Cuaresma 
En este domingo, primer día de Cuaresma, la estación tiene lugar en San Juan de Letrán, basílica dedicada al Salvador.
La escena de la tentación, que abre la vida pública de Jesús, proclama, de manera sorprendente, la transformación profunda que con su redención se va a introducir en el mundo. Allí donde sucumbió Adán, Cristo nuevo jefe de la humanidad, triunfa del poder de los demonios. En el momento de la pasión se arrojará fuera al príncipe de este mundo. Anticipadamente, pues, nos anuncia el evangelio de la tentación la victoria de Cristo. Con la colocación de este evangelio al principio de Cuaresma proclama la Iglesia que esta victoria debe ser también la nuestra. En nosotros y en nuestro derredor se prolongan la tentación, el combate y la victoria de Cristo; nuestro esfuerzo es el suyo, nuestras fuerzas las suyas, nuestro tiunfo en Pascua, será asimismo el suyo. Emprendamos, pues, confiadamente el combate, cuyo programa nos traza San Pablo en la Epístola de la Misa. Es una nueva consideración de toda nuestra vida cristiana. Animémonos con el pensamiento de que su progreso en nosotros será la continuación del triunfo de Cristo. La liturgia de Cuaresma es una liturgia de confianza. El salmo 90, salmo de la confianza, proporciona el tracto y todos los cantos de la misa de hoy, como igualmente los versos del oficio hasta el tiempo de Pasión. Los días de Cuaresma son días de salvación, tiempo propicio entre todos para enmendar nuestra vida. La Iglesia insiste sobre ello a fin de que en Pascua podemos celebrar el misterio de la pasión y resurrección del Señor con el alma y cuerpo purificado.

La Cuaresma, tiempo de adelantamiento espiritual.- "Hermanos, os exhortamos a no recibir en vano la gracia de Dios. Pues Él mismo dice: Al tiempo oportuno te oí, y en el día de la salvación te di auxilio. Llegado es ahora el tiempo favorable, llegado es ahora el día de la salvación". (II Cor., 6, 2). Nos impulsan a ello La Santa Iglesia, en la Epístola de la Misa, nos recuerda hoy estas palabras del Apóstol San Pablo, a los Corintios, a manera de aviso y exhortación elocuente para el primer domingo de Cuaresma. Con solícito tacto: En estos tiempos, que la humanidad se aparta cada vez más de las sagradas máximas del Evangelio, cuando el espíritu utilitario, cortando las alas de todo ideal, destruye las nobles aspiraciones que elevan y dignifican la vida, tórnase cada día más delicada y espinosa la misión maternal de la Iglesia. Cariñosa y solícita, ha de revestirse, ahora más que nunca, de la caridad infinita de Cristo, para guiar y conducir las almas por el camino de la salvación. "No quebrará la caña cascada, ni apagará la mecha que aún humea". (Is. 42, 3). Si bien atenuando el rigor de penitencias exteriores. En esa dulce misericordia del divino Redentor se ha inspirado la Iglesia para atenuar, en el decurso de los siglos, el primitivo rigor de los preceptos de penitencia cristiana, a la que está principalmente consagrado el tiempo cuaresmal. No obstante, con maternal prudencia, nos recuerda el espíritu de mortificación que debe animarnos en este tiempo, exhortándonos a no recibir en vano la gracia de Dios, antes bien, a prepararnos para celebrar debidamente la gran fiesta de Pascua, resucitando con Cristo a una vida nueva, verdaderamente cristiana. ¿Medios? La práctica de la virtud y la mortificación, especialmente del ayuno y de la abstinencia, tan atenuados ya; la oración y recepción de los Santos Sacramentos, la limosna y toda clase de buenas obras.
La Iglesia ha ordenado la celebración de este primer domingo de Cuaresma, uno de los más solemnes del año litúrgico, en la Basílica patriarcal de San Juan de Letrán, por ser ella la Madre y Maestra de todas las Iglesias de la Cristiandad, en la que los penitentes públicos eran reconciliados el Jueves Santo, y los catecúmenos recibían el Santo Bautismo la noche santísima de Pascua. Ciertamente era la Iglesia más indicada para celebrar en ella la Estación, ya que en la misma tantas veces fue promulgado el ayuno cuadragesimal por los grandes Pontífices San León y San Gregorio del Magno. El Introito de la Misa, así como todos los cantos de ella, están tomados del salmo noventa. Este salmo canta las gracias de protección y libertad que, en toda suerte de necesidades, hallan las almas fieles que se arrojan confiadamente en Dios. Por lo mismo, era el más propio para reanimar nuestra confianza en Dios en el auxilio divino, tan necesario en la Cuaresma para poder vencer los enemigos de Dios y de nuestra alma. El Señor nos promete en el Introito que la esperanza puesta en El, no será vana en manera alguna. En la Colecta la Iglesia implora para todos sus hijos el favor divino, suplicando que los ayunos y penitencias, no solamente los purifiqué, sino que les alcance poderosísimo socorro mediante el cual se multipliquen sus buenas obras. La Epístola es una persuasiva y poderosa exhortación del gran Apóstol para que nos aprovechemos de este santo tiempo que Cuaresma, procurando con buenas obras nuestra eterna salvación. Estos son los días que Dios nos concede para enmendar nuestros vicios y ejercitar todas las virtudes. A esta misma práctica de la penitencia, y para darnos ejemplos de qué manera habíamos de triunfar de nuestros espirituales enemigos, nos propone la liturgia en el Evangelio el ejemplo de Jesucristo ayunando rigurosísimamente 40 días y otras tantas noches, orando y venciendo con la palabra de Dios al enemigo que más se esfuerza para conseguir nuestra externa ruina. Como las fuerzas humanas no son suficientes por sí solas para obtener la purificación del alma, ni para restaurar el vigor perdido, por lo mismo suplicamos en el Poscomunión que esto lo obre en nosotros la gracia mediante la Eucaristía, verdadero alimento y salud de nuestras almas.
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Por este Domingo empezaba en tiempos pasados la Cuaresma (Caput Quadragésima), y su importancia era grande, pues la Estación se celebraba en la basílica de San Juan de Letrán, centro religioso del mundo entero. Toda la Liturgia de este domingo es una exhortación a la confianza plena en Dios. El introito, gradual, ofertorio y comunión, están inspirados en el Salmo de la confianza "Qui hábitat in adjutório Atlssimi" Salmo que cantado enteramente en el tracto de la Misa, inspirará los responsorios breves y versillos de toda la Cuaresma, dándonos alientos a sostener con valentía el buen combate. - Además ¿no es este combate mismo, la lucha de Jesús que se prolonga continuamente en nosotros? Esto sin duda alguna es lo que la Iglesia quiere darnos a entender, al mostramos en el Evangelio de hoy a Jesús luchando denodadamente con Satanás al prepararse para su vida de ministerio público. Es su misión peculiar derrotar al demonio, como nos dirá en el Evangelio del sábado de Pasión; y al mostramos la escena presente, quiere que veamos el fundamento en que se ha de basar nuestra confianza en medio de la lucha. Cristo ha triunfado y la Iglesia nos enseña que también nosotros podemos vencer, porque en definitiva, en nosotros y en derredor nuestro, se libra el combate de Cristo, y por lo que se lucha es por la victoria misma de Cristo: nuestro valor es el suyo; nuestras fuerzas, las suyas; nuestro triunfo en el día de Pascua, el suyo; pero quiere que en esta obra de salvación todos colaboremos con Él. Emprendamos, pues, llenos de confianza, el buen combate cuyo programa nos traza el Apóstol en la Epístola. Animémonos con el pensamiento de que nuestro progreso en la vida cristiana, es la continuación de triunfo de Cristo en nosotros. El combate que sostenemos para ello, el mismo que Jesús inauguró al comienzo de su vida pública. Verdad es que debiéramos ser siempre delante de Dios cual conviene lo seamos en la fiesta de Pascua; mas como esa fortaleza es de pocos, ya que la flaqueza de la carne nos arrastra a que mitiguemos una observancia muy austera, y que las distintas ocupaciones de la vida dividen nuestra solicitud, de ahí que necesariamente el polvo mundanal manche aun a los corazones religiosos.
Resulta, pues, utilísima para nuestra salvación esta divina institución (de la Cuaresma), a fin de que estos Ejercicios de cuarenta días nos ayuden a recobrar la pureza de nuestras almas, redimiendo por medio de piadosas obras y de ayunos las culpas cometidas en los otros tiempos del año. Mas para no dar a nadie el más leve motivo de descontento o de escándalo, procuremos que nuestro modo de obrar no esté en desacuerdo con nuestro ayuno, porque de nada aprovecha cercenar al cuerpo la comida, si es que el alma no se aparta del pecado (2º noct.). «En este tiempo favorable, en estos días de salud», purifiquémonos con la Iglesia (Or.) «por el ayuno, la castidad, la asiduidad en meditar y oir la divina palabra y por una sincera caridad » (Ep.).

TEXTOS DE LA MISA
Introito. Salm  90.15-16,1.- Si me invoca, yo le escucharé; le libraré y le glorificaré; le llenaré de dilatados días. Sal.- Dichoso el que mora al abrigo del Altísimo, el que descansa a la sombra del Omnipotente. Gloria al Padre.
Colecta.- Oh Dios!, que purificas a tu Iglesia por la observancia anual de la cuaresma: concede a tu familia que cuanto desea obtener de ti por la abstinencia, lo consiga con las buenas obras. Por nuestro  Señor.
Epístola. 2 Cor. 6.1-10.-  Exhortación apremiante a no recibir en vano la gracia de Dios. San Pablo, que nos las dirige,  describe su propio combate, el cual terminará con la victoria por los méritos de Cristo.
Hermanos: Os exhortamos a que no recibáis en vano la gracia de Dios. Porque él dice: Te oí en el tiempo oportuno, y en el día de la salvación te ayudé. Ha llegado ahora el tiempo favorable, ha llegado el día de la salvación. No demos a nadie ocasión de escándalo, para que no sea vituperado nuestro ministerio. Antes en todo mostrémonos como ministros de Dios, con mucha constancia en las tribulaciones, en las necesidades, en las angustias, en los azotes, en las cárceles, en las sediciones, trabajos, vigilias y ayunos; con castidad, ciencia, paciencia y suavidad, por el Espíritu Santo, con caridad sincera, con palabras de verdad, con fortaleza de Dios, con las armas ofensivas y defensivas de la justicia, en el honor y el deshonor, en la infamia y en la buena fama; ya nos tengan por impostores siendo verídicos; por desco­nocidos, aunque muy conocidos,  por  casi   moribundos, cuando en realidad estamos vivos; cual castigados, pero no muertos; como tristes, estando siempre alegres; como necesitados,   aunque hemos enriquecido a muchos; como gentes que de todo carecen cuando todo lo poseemos.
Gradual  Salm. 90.11-12.-  Dios  mandó a sus ángeles que te guarden en todos tus caminos. Te llevarán en sus manos, no sea que tropiece tu pie en alguna piedra.
Tracto Salm. 90.1-7,11-16.- Cántico lleno de promesas. Quien confía en Dios nada ha de temer. El que mora al abrigo del Altísimo, el que descansa a la sombra del Omnipotente. Ése dice al Señor: Tú eres mi refugio, mi fortaleza, mi Dios, en quien confío. Sí, es  él  quien te  librará  del lazo del cazador y de las palabras mortíferas. Bajo sus alas te cubrirá y bajo sus plumas hallarás cobijo. Su fidelidad es un escudo, una coraza. No temerás los te­rrores de la noche. Ni la flecha que vuela de día, ni la peste que camina en las tinieblas o el contagio que hiere a plena luz. Caerán mil a tu lado, y a tu derecha diez mil; nada llegará hasta ti. Porque el Señor ha dado a sus Ángeles la misión de  guardarte en todos  tus caminos,. Ellos te llevarán en sus manos, no sea que tu pie tropiece en alguna piedra. Caminarás sobre áspides y víboras, hollarás con tus pies al león y al dragón. Porque se ha acogido a mí, yo le libraré; le protegeré puesto que conoce mi nombre. Si me llega a invocar, le escucharé; en la desgracia me encontraré junto a él. Le libraré y le glorificaré, le saciaré de largos días, le haré ver mi salvación.
Evangelio. Mat. 4. 1-11.- No era indigno de nuestro Redentor el querer ser tentado, pues venía para ser muerto. Por el contrario, convenía que triunfase de nuestras tentaciones, como había venido a derrotar nuestra muerte con la suya.» San Gregorio, en maitines.
En aquel tiempo: Llevó el Espíritu a Jesús al desierto para que allí le tentase el diablo. Y habiendo ayunado cuarenta días y cuarenta noches, después tuvo hambre. Y, llegándose a él el tentador, le dijo: Si eres Hijo de Dios, di que estas piedras se conviertan en panes. Mas Jesús le respondió y dijo: Escrito está: No de solo pan vive hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios. Entonces le transportó el diablo a la santa ciudad; y púsole sobre el pináculo del templo, y le dijo: Si eres Hijo de Dios, échate de aquí abajo, porque escrito está: Mandó a sus ángeles cerca de ti, y te tomarán en sus manos, para que no tropiece tu pie contra alguna piedra. Jesús le dijo: También está escrito: No tentarás al Señor tu Dios. De nuevo le subió el diablo a un monte muy alto, y le mostró todos los reinos del mundo, y la gloria de ellos, y le dijo: Todo esto te daré si, prosternándote, me adorares. Díjole entonces Jesús: Vete de aquí, Satanás, porque escrito está: Al Señor tu  Dios adorarás,  y a él solo servirás. Entonces le dejó el diablo; he aquí que se acercaron los ángeles y le sirvieron.
Ofertorio. Salm. 90.4-5.-  Con sus alas te cubrirá el Señor, y bajo sus plumas hallarás cobijo; su fidelidad es un escudo.
Secreta.-  Te ofrecemos solemnemente, Señor, este sacrificio en el umbral de la cuaresma, suplicándote que, con la abs­tinencia de carnes, hagas nos privemos también de los pla­ceres nocivos. Por nuestro Señor Jesucristo.
Prefacio de Cuaresma.-  En verdad es digno y justo, equitativo y saludable, darte gracias en todo tiempo y lugar, Señor, santo Padre, omnipotente y eterno Dios, que, por el ayuno corporal, domas nuestras pasiones, elevas la mente, nos das la virtud y el premio, por Jesucristo nuestro Señor, por quien alaban los Ángeles a tu ma­jestad, la adoran las Dominaciones, la temen las Potestades y la celebran con igual júbilo los Cielos, las Virtudes de los cielos y los bienaventurados Serafines. Te rogamos que con sus voces admitas también las de los que te decimos, con humilde confesión. Santo
Comunión. Salm. 90.4-5.- Con sus alas te cubrirá el Señor y bajo sus plumas hallarás cobijo; su fidelidad es un escudo.
Poscomunión.- Restáurenos, Señor, la santa libación de tu sacramento; y, purificados de los antiguos vicios,   nos haga participantes del misterio de salvación. Por nuestro Señor.